To be continued...
Aquí les dejo mi propuesta con el texto correspondiente.
Propuesta: Eliminar nuestra parálisis escribiente.
Dispongo de una introducción con la cual no he podido continuar desde hace meses. Ante la imposibilidad de ver hacia dónde se dirige en realidad la historia (que en un principio tenía muy claro pero luego no sé por qué se nubló la claridad), estoy clamando por su orientación.
He decidido ceder la introducción de mi historia a ustedes y que cada uno siga el texto bajo las siguientes reglas:
a) Tratemos de respetar en la medida de lo posible el estilo, para que exista cierta fluidez y coherencia entre cada episodio.
b) Las correcciones o sugerencias también son bienvenidas y se pueden enviar por mail o en los comentarios.
c) Al final de cada episodio, hasta que la historia termine, deberá leerse un "To be continued..." o "Continuará.", para que la siguiente persona que publique sobre esta propuesta sepa desde dónde debe retomar el relato.
d) Los episodios pueden estar numerados o no, y pueden tener títulos individuales si así lo desean, mientras que exista continuidad con lo anterior.
e) Nos comuncaremos por mail para que el que levante la mano el que tome la posta y así no nos pisamos mutuamente el episodio.
f) El personaje principal hasta el momento no ha sido bautizado. Si quieren podemos ponerlo a consideración por correo.
g) La temporalidad ha sido planteada de manera de que el presente, el pasado y el futuro tengan su nexo con el libro que el personaje está leyendo, o al menos esa era la idea original cuando empecé a escribir. Ahora, como se darán cuenta, no es imprescindible que el libro en cuestión sea omnipresente...
Espero que les guste la propuesta. Si no hay cuorum, entonces la quitamos. El decretazo en la publicación tiene como objetivo el sacudir un poco la inspiración que parece que nos está evitando últimamente.
Episodio 1: Respiración
Propuesta: Eliminar nuestra parálisis escribiente.
Dispongo de una introducción con la cual no he podido continuar desde hace meses. Ante la imposibilidad de ver hacia dónde se dirige en realidad la historia (que en un principio tenía muy claro pero luego no sé por qué se nubló la claridad), estoy clamando por su orientación.
He decidido ceder la introducción de mi historia a ustedes y que cada uno siga el texto bajo las siguientes reglas:
a) Tratemos de respetar en la medida de lo posible el estilo, para que exista cierta fluidez y coherencia entre cada episodio.
b) Las correcciones o sugerencias también son bienvenidas y se pueden enviar por mail o en los comentarios.
c) Al final de cada episodio, hasta que la historia termine, deberá leerse un "To be continued..." o "Continuará.", para que la siguiente persona que publique sobre esta propuesta sepa desde dónde debe retomar el relato.
d) Los episodios pueden estar numerados o no, y pueden tener títulos individuales si así lo desean, mientras que exista continuidad con lo anterior.
e) Nos comuncaremos por mail para que el que levante la mano el que tome la posta y así no nos pisamos mutuamente el episodio.
f) El personaje principal hasta el momento no ha sido bautizado. Si quieren podemos ponerlo a consideración por correo.
g) La temporalidad ha sido planteada de manera de que el presente, el pasado y el futuro tengan su nexo con el libro que el personaje está leyendo, o al menos esa era la idea original cuando empecé a escribir. Ahora, como se darán cuenta, no es imprescindible que el libro en cuestión sea omnipresente...
Espero que les guste la propuesta. Si no hay cuorum, entonces la quitamos. El decretazo en la publicación tiene como objetivo el sacudir un poco la inspiración que parece que nos está evitando últimamente.
Episodio 1: Respiración
- "La meditación empieza y termina con la conciencia de uno mismo, y el poder de aislar toda circunstancia externa al cuerpo, despegar la mente del mundo, y regresar a la matriz en donde se generó el conocimiento de la existencia." -
Eso lo hizo sentirse más cómodo con la lectura. Esta sería uno de esos raros momentos en los cuales se daría el lujo de sentirse superior al profeta escribiente, ya que nunca se supo una persona brillante. Jamás obtuvo las mejores notas ni hizo algo realmente significativo durante sus estudios que disminuyera ese sentimiento de supervivencia constante. Tampoco tenía muchos pasatiempos, y los que practicaba en la actualidad eran más el resultado de un acomodamiento socio-cultural con sus semejantes que de una verdadera pasión.
De hecho, las pasiones no habían invadido jamás su vida, ni siquiera en los temas amorosos.
Recordó que la primera vez que besó los labios de alguien fue en una funesta jugada con la botella de vidrio de un refresco, atrás del edificio que los del barrio llamaban "La Obra".
Él no era del barrio. Iba dos por tres a visitar a sus primos a ese lugar. Sus primos eran mellizos de distinto género, un año menores que él. Cada vez que los visitaba, terminaba en la calle jugando con ellos y el resto de los niños del barrio.
Con el paso del tiempo, los juegos de la mancha y la escondida se fueron convirtiendo en excusas perfectas para esos primeros ensayos de seducción y dieron paso a otras actividades recreativas, un poco más arriesgadas en ese sentido, como el "cuarto oscuro", el "ese ese" y el famoso "juego de la botella". Tendría unos 10 u 11 años cuando aquella jugada le llevaría a probar los labios de otra persona por primera vez.
Se sabía atractivo para las niñas del barrio. Incluso su prima Valentina tenía cierta debilidad femenina hacia él. El resto de las niñas del barrio hacían lo posible para coincidir en el mismo escondite que él durante las tardes, y sobre todo cuando las sesiones de juegos se extendían hasta la noche. Jéssica era la más alevosa, y procuraba que accidentalmente sus manos se rozaran o sus cuerpos se chocaran en la mancha.
Él no recordaba haber sentido algún tipo de entusiasmo por ella. De hecho, lo poco que podría haber sentido hacia la niña desapareció aquella noche detrás de "La Obra", en donde el pico de la botella lo señaló sellando la jugada.
Entonces él exhaló con fuerza. Tenía aún una esperanza. Debían ponerse de espaldas y elegir un número del 1 al 5 que mostrarían con la mano. El 1 era una cachetada, el 2 un abrazo, el 3 un pisotón, el 4 una caricia y el 5, un piquito, y más de 5, un beso de lengua. Para obtener ese puntaje se sumarían las elecciones de los dos involucrados.
El juego es riesgoso. La elección personal insinuaba una voluntad y él no quería herir los sentimientos de Jéssica optando por un 1 o un 3. Si elegía el cero y ella también, dejaría que el resto de los jugadores impusiera la prenda y eso no le convenía ya que Jéssica se había hecho aliada de Valentina y otra niña, Nazareth, para lograr lo que quería.
Así que elegió el 2, un poco resignado. Ella eligió el 4, cosa que derribó las esperanzas que le quedaban. Se rascó la cabeza mientras el resto aullaba y reía, arengándolo.
En su recuerdo ese beso fue mostruoso, torpe, y desagradable. La boca de Jéssica succionó sus labios y sabía a chicle de sandía, y cuando su lengua encontró la suya, le pareció que estaba saboreando una lombriz de tierra viscosa, que lejos de tener sabor a sandía, se parecía más bien al sabor ocre de un clavo.
Tuvo arcadas que lo obligaron a separar aquella ventosa humana y correr hacia la calle para tomar aire, mientras la niña, enfurecida, lloraba, y Valentina la consolaba.
Desde esa tarde se ganó el odio de todas las niñas, y se desvaneció por completo el brillo que posiblemente habría en su persona. La adolescencia y sus males cutáneos y vocales terminaron de definir su destino.
Para cuando llegó a la univeresidad, se había transformado en casi un ratón de biblioteca, no porque le gustara estudiar, sino porque eligió una carrera obliga a internarse en las sombras de las bibliotecas, carrera para la cual sus padres le habían sugestionado desde pequeño.
A él cualquier carrera le daba igual, y pensó que las letras podrían al menos desarrollar cierta inteligencia, o le harían destacar algún rasgo de lucidez que, como a Woody Allen, o cualquiera de esos feúchos que andan poer ahí, le crean cierto atractivo.
Sin embargo, descubrió sin demasiada sorpresa que no se sentía más inteligente y mucho menos interesante, ni con ese sex appeal extra de los intelectualoides, a pesar de devorar, uno tras otro, aquellos libros gordos, viejos y ásperos en su gran mayoría.
Así llegó a esa edad en que se supone que se es adulto ya... sin pena ni goria, sin altos ni bajos.
El libraco de meditación seguía abierto en la página del prólogo.
- Al menos no me tocó usar lentes. Capaz que cuando sea viejo me tocan esos chiquitos de ver de cerca, pero por ahora vengo zafando.- Había tomado esa costumbre de hablar con su reflejo en el vidrio de la ventana del estudio. Era fácil porque leía hasta altas horas de la madrugada y la misma lámpara, inamovible, enmarcaba un tercio de su pefil en el reflejo. A veces sentía que hablaba con otra persona, y eso sonaba reconfortante, por neurótico que esto le parezca a los demás.
Viajar podría haberle abierto algunas puertas. Su memoria lo llevó entonces a esos meses de transición entre la secundaria y la universidad. Siguiendo la moda de sus compañeros de carrera, se fue a recorrer Europa. Tenía bastante ahorrado como para unos meses. Fue entonces que visitó Inglaterra, Irlanda, Paris, Amsterdam, Estocolmo, Roma, Madrid y Barcelona, por nombrar algunos lugares, y hasta fue a Lisboa por un error en la compra de los boletos.
Todo le pereció tan pesado y polvoriento como los libros de la biblioteca.
Recordaba vagamente aquel encuentro en Praga, con una muchacha un poco más joven que él, una chica acurrucada en sí misma, sentada en el banco de una plaza, que le dirigió una mirada fugaz, indiferente, mientras daba vuelta una página del libro. Por un momento pensó en acercársele y hablarle, pero descartó esa posibilidad al instante.
Estuvo a punto de seguir su rumbo (o desrumbo, porque no tenía muy claro qué hacía en ese lugar) cuando percibió que la chica se levantaba, libro en mano, y caminaba en dirección a una callejuela invadida por turistas y locatarios.
¿Por qué decidió seguirla? No lo recuerda. En aquel momento parecía urgente.
Así que cuidando de mantener una distancia prudente, y sin modificar el ritmo de sus pasos, se aventuró por la callejuela.
La siguió unas 5 cuadras, hasta que la chica entró en una tiendita, de libros, por supuesto.
A través de la vidriera la observó durante unos minutos. La muchacha recorría con la mirada los títulos de los libros. De vez en cuando se detenía en uno, lo sacaba del estante, revisaba la contratapa, o alguna página al azar, y lo volvía a acomodar cuidadosamente.
Mientras tanto, él permanecía en la calle, tratando de decidirse a entrar, algo que jamás consiguió hacer.
Al cabo de unos 10 minutos, alguien se aproximó a la muchacha, un joven más o menos de su misma edad, con aspecto eslavo, e intercambió algunas palabras con la muchacha. Ella respondió sin sonreir, sin entusiasmo, utilizando el libro, que llevara anteriormente en su mano, como un escudo contra el pecho. El eslavo desistió visiblemente de su intento de conquista y salió del local con una media sonrisa en los labios.
La vidriera enmarcaba perfectamente a la muchacha, que regresó al ritual de escaneo de los libros de la estantería más cercana.
Nunca entró a la librería. Ni siquiera recordaba qué hizo después de ese breve episodio. Su mente regresó al prólogo del libro de meditación.
Leer es una actividad demasiado íntima, que roza con el egoísmo, pensó. El escritor jamás podría preveer la gama de pensamientos que serán desencadenados con las obras que crea. Sí puede ser consciente de lo que él mismo piensa e imagina en el proceso de escritura. Pero una vez que otros ojos se posan sobre el texto, existen infinitas interpretaciones de las mismas palabras que dependen de cada lector. ¿Quién escribiría a sabiendas ese prólogo tan insípido? ¿Quién le había aconsejado leer este libro en paricular? Ah! Es cierto! A su prima Valentina se le ocurrió que él necesitaba ayuda mística para ser un tipo "normalito".
Para él su prima no era normal. Normal es que uno viva su vida, sin molestar demasiado a los demás, con una rutina más o menos organizada, con un propósito general. Valentina vivía a través de la desgracia ajena, inclinación que nació en esos años de juegos seductores en "La Obra". Se fue transformando en guía psíquica o algo así, con derecho de hablar de todo el mundo como si ella fuese ama y señora de la Verdad Absoluta y de los concimientos ocultos para el común de la gente. Para él, ridículo, igual que el libro. Pero la costumbre había conseguido que leyera cualquier libro que tuviese a su alcance. Deformación profesional, le dicen.
Eso lo hizo sentirse más cómodo con la lectura. Esta sería uno de esos raros momentos en los cuales se daría el lujo de sentirse superior al profeta escribiente, ya que nunca se supo una persona brillante. Jamás obtuvo las mejores notas ni hizo algo realmente significativo durante sus estudios que disminuyera ese sentimiento de supervivencia constante. Tampoco tenía muchos pasatiempos, y los que practicaba en la actualidad eran más el resultado de un acomodamiento socio-cultural con sus semejantes que de una verdadera pasión.
De hecho, las pasiones no habían invadido jamás su vida, ni siquiera en los temas amorosos.
Recordó que la primera vez que besó los labios de alguien fue en una funesta jugada con la botella de vidrio de un refresco, atrás del edificio que los del barrio llamaban "La Obra".
Él no era del barrio. Iba dos por tres a visitar a sus primos a ese lugar. Sus primos eran mellizos de distinto género, un año menores que él. Cada vez que los visitaba, terminaba en la calle jugando con ellos y el resto de los niños del barrio.
Con el paso del tiempo, los juegos de la mancha y la escondida se fueron convirtiendo en excusas perfectas para esos primeros ensayos de seducción y dieron paso a otras actividades recreativas, un poco más arriesgadas en ese sentido, como el "cuarto oscuro", el "ese ese" y el famoso "juego de la botella". Tendría unos 10 u 11 años cuando aquella jugada le llevaría a probar los labios de otra persona por primera vez.
Se sabía atractivo para las niñas del barrio. Incluso su prima Valentina tenía cierta debilidad femenina hacia él. El resto de las niñas del barrio hacían lo posible para coincidir en el mismo escondite que él durante las tardes, y sobre todo cuando las sesiones de juegos se extendían hasta la noche. Jéssica era la más alevosa, y procuraba que accidentalmente sus manos se rozaran o sus cuerpos se chocaran en la mancha.
Él no recordaba haber sentido algún tipo de entusiasmo por ella. De hecho, lo poco que podría haber sentido hacia la niña desapareció aquella noche detrás de "La Obra", en donde el pico de la botella lo señaló sellando la jugada.
Entonces él exhaló con fuerza. Tenía aún una esperanza. Debían ponerse de espaldas y elegir un número del 1 al 5 que mostrarían con la mano. El 1 era una cachetada, el 2 un abrazo, el 3 un pisotón, el 4 una caricia y el 5, un piquito, y más de 5, un beso de lengua. Para obtener ese puntaje se sumarían las elecciones de los dos involucrados.
El juego es riesgoso. La elección personal insinuaba una voluntad y él no quería herir los sentimientos de Jéssica optando por un 1 o un 3. Si elegía el cero y ella también, dejaría que el resto de los jugadores impusiera la prenda y eso no le convenía ya que Jéssica se había hecho aliada de Valentina y otra niña, Nazareth, para lograr lo que quería.
Así que elegió el 2, un poco resignado. Ella eligió el 4, cosa que derribó las esperanzas que le quedaban. Se rascó la cabeza mientras el resto aullaba y reía, arengándolo.
En su recuerdo ese beso fue mostruoso, torpe, y desagradable. La boca de Jéssica succionó sus labios y sabía a chicle de sandía, y cuando su lengua encontró la suya, le pareció que estaba saboreando una lombriz de tierra viscosa, que lejos de tener sabor a sandía, se parecía más bien al sabor ocre de un clavo.
Tuvo arcadas que lo obligaron a separar aquella ventosa humana y correr hacia la calle para tomar aire, mientras la niña, enfurecida, lloraba, y Valentina la consolaba.
Desde esa tarde se ganó el odio de todas las niñas, y se desvaneció por completo el brillo que posiblemente habría en su persona. La adolescencia y sus males cutáneos y vocales terminaron de definir su destino.
Para cuando llegó a la univeresidad, se había transformado en casi un ratón de biblioteca, no porque le gustara estudiar, sino porque eligió una carrera obliga a internarse en las sombras de las bibliotecas, carrera para la cual sus padres le habían sugestionado desde pequeño.
A él cualquier carrera le daba igual, y pensó que las letras podrían al menos desarrollar cierta inteligencia, o le harían destacar algún rasgo de lucidez que, como a Woody Allen, o cualquiera de esos feúchos que andan poer ahí, le crean cierto atractivo.
Sin embargo, descubrió sin demasiada sorpresa que no se sentía más inteligente y mucho menos interesante, ni con ese sex appeal extra de los intelectualoides, a pesar de devorar, uno tras otro, aquellos libros gordos, viejos y ásperos en su gran mayoría.
Así llegó a esa edad en que se supone que se es adulto ya... sin pena ni goria, sin altos ni bajos.
El libraco de meditación seguía abierto en la página del prólogo.
- Al menos no me tocó usar lentes. Capaz que cuando sea viejo me tocan esos chiquitos de ver de cerca, pero por ahora vengo zafando.- Había tomado esa costumbre de hablar con su reflejo en el vidrio de la ventana del estudio. Era fácil porque leía hasta altas horas de la madrugada y la misma lámpara, inamovible, enmarcaba un tercio de su pefil en el reflejo. A veces sentía que hablaba con otra persona, y eso sonaba reconfortante, por neurótico que esto le parezca a los demás.
Viajar podría haberle abierto algunas puertas. Su memoria lo llevó entonces a esos meses de transición entre la secundaria y la universidad. Siguiendo la moda de sus compañeros de carrera, se fue a recorrer Europa. Tenía bastante ahorrado como para unos meses. Fue entonces que visitó Inglaterra, Irlanda, Paris, Amsterdam, Estocolmo, Roma, Madrid y Barcelona, por nombrar algunos lugares, y hasta fue a Lisboa por un error en la compra de los boletos.
Todo le pereció tan pesado y polvoriento como los libros de la biblioteca.
Recordaba vagamente aquel encuentro en Praga, con una muchacha un poco más joven que él, una chica acurrucada en sí misma, sentada en el banco de una plaza, que le dirigió una mirada fugaz, indiferente, mientras daba vuelta una página del libro. Por un momento pensó en acercársele y hablarle, pero descartó esa posibilidad al instante.
Estuvo a punto de seguir su rumbo (o desrumbo, porque no tenía muy claro qué hacía en ese lugar) cuando percibió que la chica se levantaba, libro en mano, y caminaba en dirección a una callejuela invadida por turistas y locatarios.
¿Por qué decidió seguirla? No lo recuerda. En aquel momento parecía urgente.
Así que cuidando de mantener una distancia prudente, y sin modificar el ritmo de sus pasos, se aventuró por la callejuela.
La siguió unas 5 cuadras, hasta que la chica entró en una tiendita, de libros, por supuesto.
A través de la vidriera la observó durante unos minutos. La muchacha recorría con la mirada los títulos de los libros. De vez en cuando se detenía en uno, lo sacaba del estante, revisaba la contratapa, o alguna página al azar, y lo volvía a acomodar cuidadosamente.
Mientras tanto, él permanecía en la calle, tratando de decidirse a entrar, algo que jamás consiguió hacer.
Al cabo de unos 10 minutos, alguien se aproximó a la muchacha, un joven más o menos de su misma edad, con aspecto eslavo, e intercambió algunas palabras con la muchacha. Ella respondió sin sonreir, sin entusiasmo, utilizando el libro, que llevara anteriormente en su mano, como un escudo contra el pecho. El eslavo desistió visiblemente de su intento de conquista y salió del local con una media sonrisa en los labios.
La vidriera enmarcaba perfectamente a la muchacha, que regresó al ritual de escaneo de los libros de la estantería más cercana.
Nunca entró a la librería. Ni siquiera recordaba qué hizo después de ese breve episodio. Su mente regresó al prólogo del libro de meditación.
Leer es una actividad demasiado íntima, que roza con el egoísmo, pensó. El escritor jamás podría preveer la gama de pensamientos que serán desencadenados con las obras que crea. Sí puede ser consciente de lo que él mismo piensa e imagina en el proceso de escritura. Pero una vez que otros ojos se posan sobre el texto, existen infinitas interpretaciones de las mismas palabras que dependen de cada lector. ¿Quién escribiría a sabiendas ese prólogo tan insípido? ¿Quién le había aconsejado leer este libro en paricular? Ah! Es cierto! A su prima Valentina se le ocurrió que él necesitaba ayuda mística para ser un tipo "normalito".
Para él su prima no era normal. Normal es que uno viva su vida, sin molestar demasiado a los demás, con una rutina más o menos organizada, con un propósito general. Valentina vivía a través de la desgracia ajena, inclinación que nació en esos años de juegos seductores en "La Obra". Se fue transformando en guía psíquica o algo así, con derecho de hablar de todo el mundo como si ella fuese ama y señora de la Verdad Absoluta y de los concimientos ocultos para el común de la gente. Para él, ridículo, igual que el libro. Pero la costumbre había conseguido que leyera cualquier libro que tuviese a su alcance. Deformación profesional, le dicen.
To be continued...

